Cuentos granadinos

 

 

Marqués de Mondéjar una calle  musical

del

 

 Barrio de Fígares
 

por

 

JOSÉ MARÍA TORRES MORENILLA

 

 

 

PROSAS CAMPANTES Y RAMPANTES para ENTRETENER

***

Último trabajo: febrero 06, 2018

 

A ti,

Mi mano, mi corazón, mi sino y vida,
todo lo que soy, seré o quise,
te lo llevaré adonde estés o no estés ;
por ti me apuesto en un lejano día, sin tiempo ni allegada:
al aire, a la razón, al buen hacer del día, al trabajoso llanto del corazón anegado,
callada la oscura campanada que después de ti persiste.

Nada hay más para la ilusión, pero es ilusión recordarte,
saber que sin ti mi futuro es imposible,
y que jamás se asomará otra hermosura o verso derramado.
¿Será algo más hermoso, para mí, amarte sin más nada,
o que sin ti, nada más en ti, y sólo por ti vive?

 

 

 

Doña Ana

Granada, Barrio de Fígares, donde nací y me puse. Calles rectas, alineadas, llanas como una huerta, calles de tierra oscura, de nombres tan cristalinos y antiguos de la fajalauza granadina: Mulehacén, Alhamar, Azhuma, también de aquellos cristianos morunos como el Marqués de Mondéjar, la mía. Allí nací. Allí tuve por vecina a una mujer ya mayor, muy granadina, de otro barrio tan granadino que lo he olvidado. Se había quedado ciega. Pero antes perdió a su enamorado, tan guapo y espléndido como ella decía, pequeñita a su lado, afeada incluso, que es el mayor homenaje que una mujer puede hacerle a su hombre, "el día que me casé era una novia muy fea, tan fea que me dijeron que parecía una mosca en leche". No era verdad. Aún me parecía que me miraba a los ojos. Era roja como un lucero, de ésas que son auténticas, propietaria de una casa en el Camino del Darro, la alquiló, en la República, al Socorro Rojo Internacional, nada menos, vecina como era de un barrio, el mío, de derechas de toda la vida. Como nosotros. Nunca olvidaría esto el barrio, cuando regresó vieja y ciega y se acomodó en uno de los cuartitos que se había reservado, en una casa alquilada, también de su propiedad. Yo no tuve que olvidarlo pues aún no había nacido en los años de la guerra y era su amigo, un amigo de las tardes, que disfruté su gracejo granadino, sus almendras fritas y la fritanga ruidosa de su vieja radio que, con mi afición, se la descompuse más de una vez.

Para mí ir a ella era como estar en un paisaje antiguo, de esas películas sepias de los cines insonoros, con ropajes sedosos y cuellos bordados en las señoras y smokings en los caballeros. Sabía tocar la guitarra. Era flamencona y señora. Tenía la educación de las viejas izquierdas que, pese a todo, tenían mala conciencia de haber ido demasiado lejos contra los curas y las cosas que de niños entendieron como buenas. Aunque nunca renunció a sus ideas, pues ella me decía "quería lo mejor para el pueblo", que a mí me gustaba y me parecía la más diplomática manera de no bajarse de la rojez. Reía como un canto, un canto de una ciega, regordeta y morena, pícara y granadina. Reíamos. Pasábamos hermosas tardes. Amistad de vecinos del Barrio de Fígares. Horas espléndidas. De Madrid me repetía vino escaldada. No la retuvieron ni sus hijos. Decía que " en Madrid no hay más que cuentos, putas y escaleras".


Granada

Granada tiene agua, aunque la oculta; tiene silencio, aunque parece sonar una música clásica, las notas graves de una guitarra cercana, también oculta, en un carmen granadino, de esos que miran su jardín poblado en ramas, sus ligeras puntas de color de las macetas, su chasquido del agua en una fuentecita, su cielo entre las hojas y ese río Darro, abajo, ruidoso y escaso que, por no ser menos, también oculta la poca agua que enseña y que llega hasta el carmen, intermitente como el pensamiento, sosteniendo el cante más jondo que en Granada pueda oírse. La Granada oculta, la de hermosos ojos castellanos, que oculta su rostro más bello, la que nos mira ocultándonos, la que nos lleva por su paisaje siempre inédito: a Granada se la ve como el primer día, luminosa, aunque llueva, tranquila aunque bulla y discurra por los ríos de sus calles, cercana aunque parezca pensar en un pasado que ha olvidado. Se la vive aunque estemos muertos.


Doña Trinidad

Era vieja de cuento, de pelo blanco, recogido en moño. Vestía de negro y sonreía lejanamente con sus ojillos como alegres. Flaca, vestía tan amplia que las vestiduras le daban un cuerpo enorme. Baja, pero el estar sentada, al lado de la ventana, sobre el jardín de la casa del Barrio de Figares, rodeada de sus estampas de santos, le hacía ser alta, miraba desde arriba, se paseaba por el cielo. ¿ Doña Trinidad, usted ha visto el cielo? ¡Es muy bonito, es muy bonito! Se extasiaba diciéndolo, mientras sus manos agarraban el aire y sus ojos miraban las cuencas y se volvían, al pronto, inquisitivos. Tenía poder, absoluto poder. Con ella vivía Ramona, la que fue novia de su hijo estudiante de Medicina, que murió de tisis en los tiempos de la guerra. Los libros de estudio y los diplomas ocupaban grandes estanterías. Eran tratados de Medicina, algunos escritos en alemán. Ramona servía más como criada que como hija. Doña Trinidad le regañaba si atendía a Doña Ana la ciega. ¡No, no! Se oyó gritarle, cuando regresada la dueña, recluida a su habitación, Ramona le ayudó en las tareas de su derecho a la cocina, a mover sus pucherillos templados por sus manos de ciega, a su nada envuelta en la oscuridad, mientras doña Trinidad se paseaba por el cielo, sentada en la mejor habitación, como la grande cantante de Amadeus, la señora de la noche, en la fiesta mágica de Mozart, era inquilina con más derecho de propiedad que la dueña y lo ejercía absoluta. Eterna madre del hijo muerto. ¡Es muy bonito, es muy bonito!


María la gitana

María la gitana. Merodeaba por el Barrio de Figares y la calle de San Antón de Granada. Morena, de moño recogido, piel cetrina, pendientes de plata largos. Vestidos ampulosos de telas suaves. Muy alta. A todos nosotros nos llamaba príncipes y a los padres, reina, condesa, marquesa, dejaba caer sus títulos como un riachuelo tranquilo, de esas aguas que parecen de aceite. Más que pedir limosna cobraba poco por estimular nuestros yos, por subir nuestra estima. Era tan de fiar que mi abuela cuando sacaba unas gallinas a la calle- por eso a la calle del Marqués de Móndejar le llamaban " La calle de las gallinas"-, la ponía a cuidarlas. Nuestros mendrugos iban para ella y alguna monedilla; y para su gitano, personaje que yo imaginaba con un buen traje negro de rayas finas, también alto, entre aristócrata y jovenzuelo. Vivían en una cueva del Sacro Monte. Se llamaba María y llevaba en la cadera una canasta grande, en nada rota.


Es imparable el progreso

Casi anunciaron su derribo cuando a mi casa del Barrio de Fígares le cambiaron en un día su número 18 por el 28; luego vinieron los de Ávila Rojas y nos ofrecieron un gran piso, un garaje y dinero y acabaron con mi jardín de afuera, las escaleras de mármol blanco al primer piso, el patio, el aljibe, el retretillo frío de abajo, se acabó sobre todo que en la puerta pusieran la placa diciendo que allí había nacido yo. Me quitaron toda mi historia de una vez. Porque yo soñaba entonces con triunfar como escritor, nada era más justo, en mi tierra y hacerme tan grande y magnífico como los lejanos sueños, esos que siempre pongo en New York, desde que tenía uso de razón, y la tuve pronto para ir a los cines, mi motor del yo, los que me prestaban su espíritu, sus modales al salir a la calle, su buen gusto por las mujeres rubias y las camisas tejanas; además, ahora oigo la radio neoyorkina sonar hermosísimo piano que me besa de tanto que me llega, siempre tuve un lejano sueño, un runrún, un ruido como el del universo que murió para que naciera éste que vemos, reliquia del big ban, que yo también tenía en el fondo de todos mis escritos. Sobre mi casa levantaron unos pisos que no se parecen en nada a ella. Claro, que mi casa se levantó sobre un terreno donde habría un manzano, o un hermoso ciruelo de floración bellísima o los matojos de las gardenias tardías o el haza de las patatas, bonachonas y crédulas. Pues algo de eso otro sentía yo al sentarme en las escaleras de afuera y recibir el sol del mediodía que me dejaba ciego. Es imparable el progreso.


La Calle de las Gallinas

La calle del Marqués de Mondéjar era recta, aunque no larga, una hilera de casas de tres manzanas y, enfrente la huerta seguida a la Escuelas, al fondo estaba la parte de atrás del final de la calle San Antón, por la izquierda, más allá, subía un hermosísimo cerro rojo de Granada, crecido hacia la primera Vega, poblado de algunas viviendas blancas y de los árboles, salpicados, de olivas y romerales, lejana, pero visible, la Sierra Nevada, enteramente blanca casi siempre. La huerta tapaba la visión de la Vega, como aquello de que los árboles no dejan ver el bosque y rodeaba mi calle hasta el otro extremo derecho, donde luego construyeron el cine de verano Albeniz, hoy desaparecido de la calle Alhamar. Conforme fue creciendo la ciudad fueron desapareciendo los paisajes de las fábricas, la silueta de las torres del campanario de los Escolapios, hasta la altísima aguja de la chimenea de la fábrica del gas, donde cantaba el cucú. Más todavía, la enorme Sierra Nevada, la más alta de España, dejó de verse tapada por los edificios en que se convirtió la huerta. Pero antes estábamos en pleno campo a tres minutos escasos de lo más céntrico de Granada, con un pie en el campo y el otro en el bullicio ciudadano


Doña Cecilia, en una calle musical

Dos casas más abajo, con mucho menos sol, pues las Escuelas de enfrente se lo quitaban, pero también con jardín, con habitación del comedor en su ventana de ladrillo, sus postigos abiertos y despistados, vivía doña Cecilia, viuda de un músico. Tenía la casa llena de recuerdos y de obras de arte. Le gustaba, como a su marido, la música. Aquella calle del Marqués de Mondéjar era musical, pues no sólo vivía yo, el niño que subía a la Alhambra a oír los ensayos de las grandes orquestas internacionales al palacio de Carlos V, en el corazón de la Alhambra, durante los maravillosos Junios del verano granadino, tan fresquitos allí, tan llenos de armonías y vistas inmensurables y ¡Encima con la gran música! de los Festivales de Música y danza de Granada. Mi abuelo, que tenía un bar cerca de la Plaza de Bibrrambla,  conocía a unos músicos de la Orquesta Nacional que se alojaban en el hotel de al lado. Cuando me vieron por el bar le dijeron que si  le tocaba algo ese niño, es mi nieto, contestó mi abuelo, les conocemos todos los músicos del mundo porque viene a todos los ensayos, no se pierde un compás, atentísimo, cómo es que no estudia música, porque tiene que estudiar replicó mi abuelo -¡ como si la música no se estudiara!- pues no crea que es mala profesión, ganamos bastante y viajamos mucho. Unas casas más abajo de la mía, en el piso de arriba del número 24, ahora 34, vivía Doña Pilar Iglesias, profesora de piano, atendida por María, su sirvienta, su heredera, la que malvendió la casa, los magníficos Pleyes que la profesora le dejó, sus cuadros y sus ropas, y se fue a servir de criada, previa donación de aquellos dineros, a las monjas del Refugio, las del Salón, que tenían grandes huertas granadinas, planas y fértiles, de un aroma a tierra que embriagaba, al lado de los Escolapios, con sus viejos edificios de noble ladrillo, armonizados en el purpúreo cielo del día cuando se despide y de las aguas del "generoso" Genil, pues las da todas cuando las tiene. Doña Pilar se juramentó no dar clases a niños, pues tuvo alguna mala experiencia con alguna familia y por esto yo no fui su alumno, según le dijo a mi abuela. Yo oía tocar sus pianos desde la calle con embeleso, con la magia de la música, como algo fuera de mis posibles. En fin, qué pena. Claro, que luego, quién lo diría, acabé de gran músico, con mi excelente voz de tenor, con do de pecho y todo, gracias a José Luis Zamanillo, mi director, que nos llevó con Orquesta y Coral TAK por toda Europa, Salzburgo incluida, cantando a los maravillosos músicos que Dios nos dio para nuestro gozo, desde nuestro Vitoria a Palestrina, la música ortodoxa rusa, Mozart, Bach...la élite. Nunca le estaré lo suficientemente agradecido a José Luis por haberme enseñado a cantar y haberlo hecho tan bien como lo hicimos.

Doña Cecilia era discreta y feliz. Preguntaba con cariño por la familia. Vestía con grises, con mucha tolerancia, incluso con humildad. Apenas miraba tras los cristales, pues tampoco estaba muy bien de la vista. Vivía enfrente de la Escuela, que, como las del Avemaría de don Andrés Manjón en el Albaicín, camino del Sacromonte, tenía mapas de cemento, relieves de montañas y surcos de ríos sin agua que se llenaban de la lluvia, en el jardín, dirigida por un sabio, don Salomón, que era, como don Andrés, pedagogo. El jardín acababa en el gallinero de Pura, la de los huevos. Cloc, cloc, cloooc, cantaba la gallina y Pura le vendía los huevos a Doña Ana la ciega, su vecina de enfrente. Era viuda, pero a veces no estaba tan sola pues venía a visitarla su hermana. Su hermana era corpulenta, enorme la medalla de oro en su pecho y muchas sus alhajas, se sentaba en la puerta de Pura, la de la casa soleada, se balanceaba en mecedora y se abanicaba mirando sin agrado. Había sido dueña de algo rarillo y ahora daba dinero a gabelas.


Una mula retozona

La calle Alhamar ahora es calle recta como entonces, pero más pavimentada. Importante como entonces, pero ahora llena de comercios luminosos. Tan bien edificada como entonces, pero ya con más alto semblante, perdidas casi todas sus casas de una planta, sus jardines de afuera con escaleras de ladrillo. Se sigue encontrando, al fondo, con el Camino de Ronda, que era entonces para salir de Granada y ahora es para entrar.

Un día, en la calle de tierra, una mula cayó en un hoyo enorme, del traspiés la vara del carro se le hundió en las entrañas, pasándole por el culo. Me horrorizó la mucha sangre derramada, tan parecida a la mía, me dolió su dolor callado, su soledad, el desprecio de los hombres a esos seres que son los animales. No había muerto nadie, casi nada. Desde entonces soy más solidario con la vida animal. La mula retozona acabó malamente, trabajando para aquel hombre disgustado todavía con ella.

En la venganza animal, un grande toro negro, escapó del matadero del cercano Barrio de la Virgen y sembró el pánico en el tranquilo Barrio de Fígares, con carreras de algunos vecinos despavoridos, por esas calles de tierra. Se le veía enorme, más grande que los que torean. Lo cazaron unos hombres corpulentos, con unas sogas que bolearon en sus patas. Se derrumbó de golpe.


Prólogo

Tengo un vago sentimiento que parece mi culpa, creo que me culpo de muchas cosas en esta vida, la mirada al frente, el ancho espacio de la huerta de mi calle, más huertas y más anchuras de la Vega de Granada hasta llegar a la Sierra, alta todavía aunque queda lejos, azul, de más intensidad que el cielo y sobre su azul, una blancura imperturbable. Entre tanta lechuga, tantas coles y tantos vegetales prosaicos, el elevado espíritu considerará que todavía puedo hacer algo más por mí y que, incluso, ese hacer repercutiría sobre el hombre. Aunque todo es relativo, es muy probable que lo que echo de menos, de verdad, sea que el hombre me dedique más atención. O no. Todo es un conflicto íntimo que se resuelve cada día con las pequeñas cosas de la vida. Vivir entre tanta belleza y no haber sabido hacer otra cosa que vivir aplasta un poco el sentido de la vida, pesa, como si no hubiéramos hecho todo lo posible por mejorarnos, pero es solamente un sentimiento, con menos valor que las lechugas que crecen en la Vega de Granada y nos alimentan y también a los pájaros y a los gusanos. A veces la Naturaleza tiene la solución más esencial, aunque el espíritu vuele más alto que la Sierra, más bello que Granada, más imperecedero que el cielo, pero algo triste, algo insatisfecho está siempre, como si hubiera olvidado una más grande misión y quisiera resolverla con estos cuentos y prosas.


Lo que me gusta

Quiero hablar de algo que me gusta, que no me canso de mirar, que quiero tenerlos cerca y que, aún de lejos, me acompañan en esta vida. Me refiero a los árboles, esos seres vivientes, que podrían parecer condenados a vivir atrapados en sus pies y que son tan elegantes y soñadores, tan altivos y tan humildes, tan pródigos y tan excelsos. En Granada hay muchos, pero también hay muchos en Madrid y en su Provincia, en todas las partes tienden a agruparse, a formar unidades, a hacer esos bosques tan intrincados y difíciles, que nos dejan verlos aunque se diga lo contrario, que purifican nuestros aires y nos perfuman levemente. El árbol es de todas las cosas la más acabada y cabal, la conjunción armoniosa amiga del aire, el sueño de la tierra que del sol se acuerda, la vivienda de todos los seres vivientes y el punto de referencia. Sinceros, benévolos, extienden sus ramas y soportan las iras de los cielos, atraen sus rayos mortíferos como escudos de los vivientes; también son rumorosos y canturrean con sus hojas, también bailan con el viento, también regalan la sabiduría de sus frutos y su inteligencia para reproducirse


¡Que viene la Canda!

La Canda era doña Cándida la maestra. Si yo he hablado alguna vez de viejas, ésta era la más vieja de todas. Si de viejas delgadas, ésta era delgada como un ciruelo. Vestida de negro. Con un bastón barnizado por el tiempo. Vivía en las poéticas casas azules del Camino de Ronda. El Barrio de Fígares todavía hoy termina a su derecha, según se baja de la Calle San José o de la calle San Antón, en el Camino de Ronda, donde el sol gozaba, entonces, plenamente a sus anchas y las lechugas crecían verdes y doradas, para desayuno de los campesinos, que las limpiaban ligeramente en cualquier fuente de la acuífera Granada, la de la Sierra Nevada, la de las nieves perpetuas.

Doña Cándida era ágil, aunque llevaba bastón. Supe por mí dolorosamente el enigma de su instrumento. Un día, sentada en su trono de maestra, con un afinado, muy largo puntero, descargó sobre mí la seca ira de sus golpes. Fue mi último día de escuela. Yo, con apenas tres años, me escapé de casa y me apunté a ir a clase, siguiendo a los otros niños que iban a la Escuela de enfrente, la de don Salomón. Luego llegó el fatídico día en que descubrí que era bruja. Todavía me parece leer las sílabas de tiza en la pizarra, el debilucho sol colado entre los niños, nuestros baberos blancos. A mí me compraron un babero también, pues maestros y familia aceptaron que siguiera yendo a clase, con tres años, después de mi voluntario impulso. El niño perdido y hallado en la escuela. Aquellos tiempos eran más informales que los de ahora que tienen numerus clausus y Asociaciones de Padres. Pero tenían brujas

Cuando yo divisaba, lejanamente, la silueta de la bruja, en lo alto de la calle, corría como poseso y aporreaba la puerta de mi casa: ¡Abre, abre, que viene la Canda, que viene la Canda! Pero doña Cándida un día vino a casa; llamó; el corazón se me salía; la recibieron en el gabinete; le sacaron unos dulces de navidad; felicitó las pascuas y se fue luego contenta, con unos mantecados en su bolso de piel.


Los viejos del Salón

Se sentaban al sol en los poyetes del puente del río Genil, el sol de Granada es bondadoso y más acogedor que el de otros sitios, calienta con cariño y con distancia, es luminoso pero más bien dorado, con oro acumulado que derrama sobre los arcos morunos de la Alhambra, sobre las fuentes de los patios pequeños, sobre los pretiles de los puentes. El puente de los Escolapios, sobre el río Genil, es de los más viejos, después hacia la Sierra le sigue el de las Brujas, son brujas en la fantasía del pueblo las buenísimas monjas del Sagrado Corazón de Jesús, aristócratas de la enseñanza, que vestían entonces con velos negros elegantes, en aquellos tiempos que había monjas con tocas de Guardia Civil sólo que más grandes y blancas. Estoy hablando del Salón, de sus jardines, de sus anchos paseos, de la silueta de mi Colegio, con su torre nazarí y las huertas ocultas tras las tapias, del final del Embovedado, por donde cursa subterráneo el río Darro, el otro río granadino que se une al Genil exactamente bajo el puente de los Escolapios. Allí, en una esquina, unos viejos se llevaron las manos a la cabeza llenos de pavor, de un pavor que se hubiera perdido para siempre si yo no escribiera esto, ¡ese niño, ese niño! ante el posible atropello de un niño en el puente. Los vio mi abuela que venía a recogerme. El niño era yo y no me pasó nada, como siempre.

Pero otro día que regresaba del Colegio más solo que la una, esos viejos miraban para arriba, para más alto de arriba, para una cosa cercana al sol del mediodía. Yo miré también, siempre miro al burro que vuela y me entretiene el vuelo de una mosca, siguiendo la mirada, con mi vista tan buena entonces, en el claro firmamento celeste de mi tierra, al fin, después de mucho esfuerzo, vi brillar como dos monedas, las más pequeñas, grises como de acero, que se movían entre ellas cambiando de posición. Dos astros, dos lunitas, dos cosas que luego se bajaron al Cine Capitol, el de la calle Recogidas, la que viene de Puerta Real a la Redonda, o sea al Camino de Ronda, pasados unos años con unos marcianos de finas patas de pavo y sangre roja palpitando por sus brazos. Los primeros platillos volantes del Salón los ví a la salida del Colegio, fuera del Colegio estuvo siempre el mundo.


¡ Vuelvo a la Granada de Miguel Ríos!

Granada es engañosa, anima a recorrerla, tan cerrada y redonda en su centro, tan bien apuntada desde la calle principal de Los Reyes Católicos, recta y seguida a la Gran Vía, que baja desde la Plaza Nueva, en la mágica postal del Darro con el Sacro Monte al fondo y la Alhambra a la derecha, subiendo la Cuesta de Gomérez. Granada parece llana, pero está llena de cuestas, las altísimas del Albaicín, las empedradas del Realejo que se continúan en las de la Alhambra, las sagradas del Sacro Monte, por no decir nada de las de la Sierra, que no las hay más altas en toda España, para andarlas o para ir en coche. Sin embargo no deja mal recuerdo luego, pues tras el esfuerzo de subirla hay el más beneficiado de bajarla. Bajar por los bosques de la Alhambra, con tantas placitas de sombras y de fuentes, y ruidos agradables del agua y de las aves, bajar del Sacromonte y ver los paisajes inmensos de Granada, bajar a la ciudad, como sus ríos, y perderse en el tráfago de personas y de coches es muy reconfortante, porque es ciudad animosa y entrañable y obsequia con sus bares, sus terrazas, sus vistas y sus hermosos Paseos. Sus Plazas iluminadas y bullangueras, como la holgada de BibRambla, tan cerca de la Catedral, tan cuadrada y selecta, habitada por palomas y puestos de flores, o la de Puerta Real, tan cerca de mi Barrio de Fígares, tan abierta a la alegría de vivir y también el silencio y los espacios oscuros de sus callejas donde parecen deambular los siglos, aunque el tiempo no pase por ella.


Mi huerta

García Lorca tenía un huerto, por el Camino de Ronda, muy cerca de mi casa, que era de sus padres, con una casa muy parecida a la mía y yo enfrente de mi casa tenía un huerta, grande, de las que tienen varios niveles, con una casa muy grande, donde al fondo en la cuadra contigua se alimentaban los cerdos del gigante de la Odisea, enormes, una ventana al mundo mitológico y clásico que se abrió para mí increíblemente ( con los años, haciendo yo la mili tuve un amigo, soldado como yo, que me habló que a él de niño le pasó exactamente como a mí: vio unos cerdos enormes, tan grandes como una casa, desde entonces pienso si mi amigo era yo mismo, contándome mis memorias, si la vida somos nosotros mismos, si solo hay una persona en el mundo, o solo hay un ser, y podemos ser o no ser, como dijo el clásico). Huerta, huerto. La huerta no era mía, el huerto de Federico sí era suyo. Yo jugaba en la huerta, me enseñaban a plantar semillas, tenía un amocafre, enfrente de mi casa, mi casa se daba un aire a la campesina de Federico. Hoy día hubiéramos sido vecinos. Me contó mi madre que estando en su Colegio de Cristo Rey, colegio aristocrático, un día fue García Lorca a visitar a las monjas de las que era amigo, le acarició a ella la cabeza, era muy cariñoso con los niños y de una sonrisa simpática y alegre. Eso de huerta y huerto es cosa mía, creo que los granadinos a la de Federico le llaman la huerta de San Antonio o algo así. Antonio era el hortelano de la mía, Rosario su mujer y Rosarillo su hija. El era calvo, como un San Pedro, su mujer bajita y su hija tenía facciones de muñeca. Los tres me aguantaban y me daban mimos.

He sido uno de los niños que más ha podido perderse y nunca se ha perdido del todo, si mi gente hubiera usado siempre la razón para encontrarme, por mi vieja costumbre de ser un andarín de Granada. Íbamos entonces a los cines donde fuera que estuvieran. En el camino de Ronda, en medio de las huertas, una vieja vaquería la convirtieron en cine. Allí, pavorosamente, antes de cumplir los cincos años, vimos la horrible película de Miguel Strogoff, la macabra pantomima de arrancarle los ojos, a modo, con dos uvas. Pero antes, ya me había perdido en la huerta que estaba enfrente de mi casa. Habitada en su gran caserón por Antonio el de la huerta, su mujer Rosario, la de la huerta, y su hija Rosarico, mocita de carrillos rosados y de facciones chiquitas, muñequita de cartón.

La huerta se enredaba en higueras y en toda clase de frutas, se expandía luego en trigos y en maíz, en tabaco, en vides. Se regaba abundantemente, aunque en mi casa no me dejaban comer sus cosas, porque podía darme el tifus, pues decían era regada con las aguas de la Acequia Gorda, que estaba detrás de ella, que se lamía horrible y oscura pasando por las entrañas de la Fábrica de Harina, cuyos silos se levantaban al final de la calle San Antón, y luego trituraba a los niños que en ella caían, rematándolos con los peines de acero de los canales de la Fábrica del Gas, la de inmensos depósitos de hierro morado, que yo veía desde los balcones de mi casa y en cuya esbelta torre de ladrillo nunca hubo humo pero cantaba el cucú en las noches de verano. Me enseñaron a labrar. Tenía mi almocafre. Yo sabía plantar judías en el patio de mi casa, las que se comió el borreguillo de Pascua que me regaló mi abuelo.

Un día Antonio me bajó a su casa, caserón rectangular con terrazas en el tejado de corte modernista. Me recibieron con cariño, incluso Rosarico, la mozuela que le costaba saludarnos en la calle y que probablemente tenía novio. Por mi cuenta, en un descuido, llegué a la parte trasera de la casa. Me dejaron solo. Allí, en las cuadras había unos cerdos enormes, los más grandes que se puedan ver en la fantasía. Tan grandes que yo no les llegaba al vientre, por encima de mí, como dos pisos de mi casa, estaban las tetillas de los cerdos. La huerta, desde entonces, guardaba un enorme secreto que jamás descubrí a nadie, pues hubiera sido considerado una mentira.

Otro día, estando yo haciendo la mili, un soldado me contó el mismo cuento. Hasta entonces me creía el único que había visto los cerdos gigantones, aunque Homero narró una semejante fantasía con unos borregos.


A los soldados muertos en Afganistán

Soldado, cuando te canten y estés en la tierra, cuando los tambores parados pasen y las voces de tus amigos te entonen una canción, los cielos tendrán sonidos huecos, el mar como callado, una trompeta sonará débil, una campana te cantará también , la música del Silencio será llevada a tus altares, dormirás un sueño del oeste, un sol sangrado te despedirá, un lamento del tambor, una deflagración del aire, de la patria te empujará hacia la tierra de España, habrás muerto por ella que es por ti, por ti se hace España y en tus brazos se duerme y en tus brazos se levanta. Toque de atención. Desfile de banderas y de insignias. Ya no estás muerto. Has levantado el mundo de los héroes. Las voces de tus amigos te hablan claro. Quien por ti llora te llevará para siempre.


La vida ya no es corta

Siempre merece la pena vivir. Una vida es algo tan largo que sólo la eternidad nos la puede contar. A nosotros nos parece que el tiempo huye, pero la memoria resume y por el camino más corto nos explica la vida. Por esto creemos que la vida es corta. La vida es eterna, los días tienen inmensos espacios, en los que el mundo pasa con nosotros. Un segundo, la parte 60 de un minuto, es un enigma, cargado de sensaciones, de aromas, de ancestros que se han quedado en el éter. Nuestra vida está llena de cosas. Basta con sentarnos a la puerta de nuestra antigua casa y pasarán miles de personajes, millones de argumentos, más abundantes que las nubes que atraviesan el firmamento, más etéreos y mucho más concienzudos. Yo puedo mirar atrás y decir: Dios mío, cuánta vida me has dado. Lo podría haber dicho a los cinco años. Vale la pena vivir. Vale la pena estar sentados a la puerta y que pase la vida, aunque pase de la manera tan pomposa y fúnebre como vi un antiguo entierro pasando por la Puerta Real de Granada, con caballos enjaezados de luto y cascos doloridos y a los curas vestidos con las más pesadas de sus vestiduras entonando cantos latinos. Los cantos latinos nadie los entendía y podrían decir cualquier cosa distinta a la usada. Como se cantan castas las viejas óperas en las que las sopranos hablan de cosas obscenas y las cantantes las dulcifican en sus soporíferos conciertos y la Iglesia repite la musiquilla, a manera de plegarias, en sus piadosas músicas de órgano.

El tiempo se ha parado en estas páginas. Es algo trivial ver la vida como un paso, yo al menos dí dos, y muestro que la vida de los niños es exactamente igual que la de los hombres, venimos al mundo bien pertrechados y con intención de perpetuarnos.


Las viejas estampas de los mártires

A veces las recojo de los suelos, son estampas sin colores, como veladas y sepias, grises como los barros de las películas italianas, del cine real, tienen la fotografía de hombres flacos vestidos de viejos curas, el gesto serio, la mirada tranquila, tomado el mundo en serio y también a Dios, su Creador, su Redentor, la mirada en alto, descuidada la sonrisa, apenas ríen, están como parados en sus pueblos, parecen venir de austeras regiones, de madres santificadas en sus vidas, de alcobas limpias y de mesas parcas. Están las estampas sobadas de padrenuestros y jaculatorias, de misales gastados, de olor de cera, de inciensos al Todopoderoso, de la ilusión por la pureza de los cuerpos y de las almas, del anhelo de paz fundamentado en Dios. Aunque están rozadas, pisoteadas, tiradas por los suelos, ensuciadas por los charcos. Yo las recojo y las guardo con un hilillo de cariño. Suelen ser de mártires. En España, se dice muy poco, hemos llevado la peor persecución religiosa en el siglo XX, el más malo de todos los siglos, de todos los tiempos. Se han asesinado gentes así, tan mal pertrechadas contra las bayonetas, contra la altura de los balcones, contra las tapias, contra los paseos tétricos, contra las horribles cárceles clandestinas e hipócritas que el poder político ejercía. Creo que esos curillas no pueden ser objeto de tratados de paz, ni de juegos de memoria.


Don Vicente Espiga

Un día yo crecí sobre mis siete años, subí las altas cuestas de mi Granada, era el Otoño, llovía como dicen los pastores tan mansamente, la lluvia nos corría por las manos y por la frente, desde la tierra roja de Granada, por sus cerros, me pareció ver la sangre y la muerte del Padre Espiga. Yo fui a su entierro. En Granada se entierra a sus gentes detrás de la Alhambra y del Generalife, en un cerro cercano al Suspiro del Moro, un campo de cipreses y de grises lentos, de tumbas que parecen más románticas y la quietud tan blanca de sus cruces. Olía a la tierra y a la lluvia fecundada. Al silencio más callado de la muerte, a un adiós hecho de prisa y oído muy despacio, a un descanso no querido en el trabajo. Le dije adiós y se cerraron nuestras conversaciones.. Había sido alto, canoso, inmenso, como uno de esos vascos que tanto han hecho por España, grandones y humanos, culto como Unamuno. Los niños mayores temían sus ojos de fulgor intachable. Por los pasillos de cerámica cordobesa y de sombras granadinas nos recibía en las primeras horas. Era escritor, publicaba una revista llamada Genil, cómo no, en su portada me fotografió con un cordero, se empeñaba en verme como a Jesús cuando era niño. Disfrutaba con mis travesuras y me dedicó las viñetas de humor de la revista, donde yo era su personaje diablillo, el Daniel travieso de los Escolapios.

Aquella tarde oscura el viento también parecía llorar. Yo acompañé su entierro como un verdadero hombre de siete años. No hay niños, hay sólo hombres. Aunque no lo parezcamos a los idiotas, que también los hay.


Rosa más entendida

Escribir es callar. Callo en estas páginas una inmensidad, podría hablar y hablar, no pararía de hablar en siglos, que se tarda más en escribir que en vivir y en pensar. Una vida en nuestras calles tiene mucho más fluido que las aguas de los dos ríos granadinos. Podría contar, y me contengo, asuntos amorosos, ésos que tanto gustan a los escritores y a los cineastas. Hablar del sexo aún con pocos años es posible, más de lo que suponemos. Hablar de la belleza almuñequera, de vientre rubio y de labios rojos, de la suave luz de su pelo no amarillo del todo, que un poco más oscuro y de color canela hacía más juego con la dulzura de su aliento y la cadencia de sus palabras granadinas. Su casa con cancela en el portal, las rejas oscuras del hierro retorcidas, aporreaba el canto con su mal oído, mientras la profesora de piano o los alumnos tocaban tan despacio y fuerte, aporreando también las notas, con mucha más indecisión las de la música enseñada. Tembló por un momento la invariable quietud de una tarde de verano y se desnudó ligeramente su sonrisa sin sonrojos. Me llené de la luz de su carne.


Las casas azules

Mi Barrio de Fígares era recto como un campo sagrado en las películas, uniformado, cada casa tenía un jardín a lo largo de la fachada, cada calle, entre las aceras bien cuidadas y los cauchiles del riego, otra hilera de moreras o de las sutiles acacias en su suelo de tierra, todas las casas de una altura, unidas por un tejado seguido de hilera a hilera, terminaba mucho más ancho en el Camino de Ronda, con unas casas grandes, comunales, para funcionarios del Ayuntamiento, teñidos de azulete los alféizares y los balcones y con tejados de fajalauza granadina y azoteas cubiertas, otras con dibujos amarilllos, también tres o cuatro palacetes, parecidos a los que había en el Salón y en la Carretera de Armilla, que todavía quedan como restos de los sueños grandiosos. Entonces, un paseo por allí, permitía ver a casi toda Granada, a la derecha, bajo la torcida paloma de la Sierra a punto de volar y la Alhambra, poderosa, como una reina Isabel hablando nada menos que con Colón, el que nos trajo América. Pensar era muy corriente entonces, meditar aunque fuera laicamente, a la manera que forzosamente se hacía en los retiros espirituales, había quien repasaba las cosas que había hecho en el día, como si eso bastara para no hacerlo mal al día siguiente, hasta quedar exhausto del todo el ánimo de la reforma, como ahora gustan hacerlo algunos cursis, sobre las bondades del arte y de la belleza, así éramos algunos de nosotros, los veedores de mi tierra. Ver. Pasear, meditar, sacar la filosofía barata de cualquiera cosa. Nunca se nos ocurriría pensar que los países que más progresan son los que tienen peor clima y los paisajes más monótonos.

Teníamos los amigos de la calle, otros amigos mayores, unos hermanos que vivían próximos en las casas azules. El se me ha borrado del todo, ella era alta e inteligente porque nos trataba con seriedad pese a que éramos niños. Para mí las casas azules eran de ella, misteriosas y sabias, modestas y eficaces.


Una roja Granada

Qué color predomina en mi tierra. De niño me arrastré, antes de andar, por todo Granada. No se puede decir andar a los pasos que da uno con tres años, aunque me recorriera el Camino de Ronda, o subiera al hermoso Albaicín blanco y misterioso, o al más alto todavía Realejo, a los pies del rojo Hotel Alhambra Palace, edificio que se lleva las miradas desde abajo, al contemplar las colinas de la discreta Alhambra, que aún siendo roja no lo es tanto en sus murallas y en sus torres que procuran confundirse en la lejanía con la tierra aparente. La alta tierra de Granada es roja, tan roja como la sangre, como la sangre recién derramada y conjunta maravillosamente con los verdes de su vegetación, desde el plateado de los insignes olivos, al abigarrado y perfumado verde de los cipreses, al idílico de los chopos y olmos o al más elemental y bajo de los matojos de romero. El rojo granadino se hace fundamentalmente naranja, como el del sol, cuyas puestas son únicas desde el Cerro de San Nicolás, desde cuyo Mirador se contempla quizá el paisaje más espectacular del mundo, frente a la ciudad de la Alhambra, Sierra Nevada y la puesta del sol, ampliada al infinito desde su horizonte plano. Ciudad de contrastes, de colores, está sombreada en sus callejas, en los rincones de sus jardines, en los bosques de la Alhambra y en las choperas de su Vega.


El grito del niño

Este grito que no para, es silencio que está gritado para ser vencido, la oscuridad del cosmos que hemos de sentir cálida, el aleteo del aire que ha de hacernos volar a las palabras, que giren como volanderas de colores, ese sonido del agua, que es cristalina y es fría, también el olor de la tierra, de la fina yerba que crece sin plantarla, de los días recordados como los tesoros del alma, del brillo de las monedas de oro, tan suaves y bien pulidas, de los ojos que nos miran cuando nos parecen bellos, de las nubes que nunca son atrapadas y de los árboles, que tienen sombra y que parecen altos. Hay que gritar, hay que hacer que la carne suba al cuerpo y salga a la garganta, haciendo ruido, que se oiga el grito, el grito es un canto improvisado, para que vivan, para que nunca mueran, aunque se mueran todos, para que levanten la dura mesa de pino blanco, que está sobre la cabeza, para que los cacharros de la cocina sean metálicos y tengan poco brillo por el continuado uso, y las baldosas rojas tengan algo de candidez, y todo esté reposado menos la voz, que grita, que canta, que hace ruido.


Estoy cansado

No puedo más. Estoy cansado, me pesa tanto la tarde que la veo como mañana, el pueblo de la vieja Castilla es un poema, un poema con los bellos silencios y soledades, los ríos sin agua de sus calles empedradas, las voces de algún chiquillo que le pone alegría en sus puertas. Pero yo estoy cansado, el cansancio es un vago sentimiento que me pide reposo porque todo me pesa, me doy cuenta que el aire también puede llegar a pesar cuando yo voy despacio. Me pesan las cosas y las ideas, me pesan los sueños, tanto sueño me cansa, tanto no ser y parecérmelo, tanto tiempo ocupado en la nada hermosa que necesito (la poesía) llega a las piernas y las cansa. El cansancio se extiende en los lechos, en el sofá, en las sombras de los árboles, en la mirada lejana y en los ríos que nos pueblan de bullicios y de pequeñas olas. Es un bien universal estar cansado, queremos echarnos como leones en la hora de la siesta, jugar mirando al cielo, cambiar la tarde que se aproxima por la mañana que se fue. Es hermosa la tarde castellana, tan roja y espléndida en el crisol de su cielo y el denso azul de la noche que llega. La noche elevará mis sueños al país que no pesa, al paraíso de los hombres que es el descanso.


Los Queros de Granada

La tarde de Mayo se llenó de sopor, un eco clamoroso del silencio, un aire gris condensado, una niebla en las plantas de los jardines de las casas del Barrio de Fígares, más pronta oscuridad también de la tierra y de las calles, en Granada la Sierra se levanta gigante, de la Sierra vienen los aires fríos, en aquel Mayo de 1947, de allí vinieron aquellos hombres ahora acorralados, yo apenas había cumplido los dos años y me sorprende tener memoria para ello, pero lo recuerdo vívidamente, como si fuera ayer, cuando rodearon a los Queros en el camino de Ronda, el Camino de Ronda llegaba a nuestro Barrio, con sus ruidos de coches, porque estaba a un paso: la calle Alhamar, la primera de nuestras calles, partía de ahí para llegar al final de la calle San Antón, la del ruidoso y amarillo tranvía que iba a Puerta Real. Aquella tarde la radio lo dijo, habían cogido a los Queros, guerrilleros últimos de los maquis granadinos, con mala fama por su ferocidad, llegaron al número siete del Camino de Ronda, antigua casa de pensiones y de almacenes de granos, enfrente de la gasolinera que hay ahora al final de la calle de Recogidas, cerca de allí había un estanco pintado en rojo oscuro y algún que otro bar de grandes ventanas, enfrente un puesto de pipas donde yo cambiaba mis tebeos, bajo los inmensos plátanos del Paseo, lleno de polvo entonces, el antiguo polvo de la Reconquista de Granada.

Luego, a la noche sonaron las trepidaciones, los estampidos, ruidos como de cohetes, deflagraciones, cielos iluminados, mis oídos de niño asistían atónitos a aquellos fuegos tan malos. Era como una guerra, como el final de una guerra civil, yo que nací al final de una guerra todavía tenía en mis gérmenes los ruidosos conflictos, sonaba aquello a traca final, el final de los bandoleros y el triunfo de la Guardia Civil, el áspero triunfo de sus hombres secos, sin sonrisa, que llenó la tarde de sangre y de lucha, de fuego, de navajas frente a las pistolas, de vigilias frente al sueño. También, otra tarde de aquel año de muerte, la calle se llenó de la noticia de Manolete, más sola, singular la muerte de un torero tan extraño, desde un Barrio de Fígares demasiado tranquilo, tan cerca del Paseo de Ronda, carretera que, llegada de Motril, se unía en el Triunfo al nudo de todas las carreteras provinciales de Málaga, Sevilla, Córdoba, Jaén y Guadix.


Muerto en misión de guerra

Cuando pienso en los soldados que desaparecen, de los que nunca se sabe otra cosa que estaban en una guerra y no regresaron y nadie puede dar cuenta de ellos, me imagino no sé por qué un paisaje solitario de un río, un pleno campo con zarzales y ramas secas, sin apenas ruido del agua que se enrolla y se desata con humildad en un arroyo, el paisaje que he tenido de compañero tantas veces en mi refugio de Madrid, en mi guerra particular contra el desánimo. La guerra auténtica es un sitio amplio, nunca hubo fronteras para los ejércitos contendientes que copan la tierra insaciables. En la guerra soldados legendarios dan la vuelta a la materia y desaparecen, desaparecen como el humo se lleva la materia de los fuegos, se hacen inmortales, transparentes. Siempre queda la probabilidad de que alguno de ellos viva una vida nueva, una mujer nueva, otros hijos, otra tierra, otra patria. Una guerra es más aniquiladora que una urna con las cenizas, los destruye del todo en la memoria, los purifica, los deja en la paz eterna, sin que nadie los pueda importunar con flores ni con lágrimas, los devuelve a los primeros tiempos de la Nada.

Escribo desde las tres de la mañana o las cuatro o las cinco hasta las diez, las once o las doce, todos los días incluso festivos. Ahora, pasada mi juventud que bien la tuve, para mi vergüenza de escritor por consentirme todos los vicios sin corregir apenas y creerme al tiempo el mejor de cuantos había leído, que eran pocos. He sido joven de apariencia modesta y soberbio de corazón, me acuso y me confieso públicamente ahora que me lee el mejor de los públicos, que llego por Internet. Sólo un Internet inteligente lleva a mis Prosas a quien le pide a Google versos, porque las entiende poéticas.

La inspiración me pillará trabajando. Trabajo como nunca sin otra recompensa que saberme leído, para indagarlo tengo un enlace que me cuenta todo lo referente a mi página. Pero me falta leer, lo último que he visto ha sido la Historia de la Literatura Inglesa de Arnold Schröer, de la Colección Albor, segunda edición de 1931, cuya tesis sobre Shakespeare y la autoría de sus obras coincide con la que tengo escrita aquí en mis Prólogos. Este libro lo compré hace poco en un anticuario del Rastro madrileño, dentro de él había una tarjeta de visita de don Emiliano Arroyo Retuerta, saludando a un amigo, seguramente al dueño del libro. Por Internet me he enterado que en el año 2001 se le ha reconocido muerto en combate en la guerra civil, firmada la orden por el Ministro Trillo. Internet es cosa de brujos y de dioses.


Las huertas y los jardines

"Ya que ha nacido, démosle un pequeño cuerpo para que sea cosa"

Yo nací en una huerta que no era mía, una huerta inexplorada, misteriosa que llegaba hasta la Acequia Gorda, que se perdía en el Camino de Ronda, enfrente del ahora jardín llamado Huerta de San Antonio, entonces verdadera huerta, por lo visto, propiedad de la familia de García Lorca; nací en el Barrio de Fígares que antes hubo de ser plana huerta del Centro granadino, rodeada de sus hermanas huertas del Camino de Ronda, con vocación hortícola en los cuidados jardines delante de las casas, en sus patios traseros con aljibes de agua fría, parras y limoneros de luna. Sé algo de huertas: las huertas son cambiantes, cambian de plantaciones, de suelos, de frutos, de labores, aunque descansan la mayor parte del tiempo, con apenas hombres que las faenen, perdidos aquí o allá, encontrados agachados por el pincel de Van Gogh, en mangas de camisa. Su arquitectura suele ser recta, con los surcos alineados primorosamente, a la misma altura y ese color de la tierra perfumada, alguna yervecilla escapada de la hoz y la techumbre del cielo que contemplan, suelen tener luz, pero aman la sombra de sus árboles, aquellos que no buscan los frutos jamás los encuentran, suelen repetirse, es raro que los melocotoneros no lleguen a seis, o que las higueras no pasen de tres, aunque éstas pueden vivir holgadamente, solitarias en la haza, gordas de tronco, dulces en sus frutos, perdidas sus copas en su juego agrio contra el sol del que dependen. En Granada también hay caquis, por su vocación meridional, que son frutos tan rojos como el tomate, pero mejor dibujados, que sólo en su sazón son comestibles pues antes son tan ásperos e intragables que no se llevan bien con ningún bocado.

En las huertas de Granada también hay algunas visibles palmeras, dejadas por los moros en su colonización. Las huertas granadinas están verdaderamente bien regadas, aunque sus aguas de bajura no tuvieron nunca buena fama y se les achacaron los brotes de tifus. También tienen flores, más por deber que por vocación. La vocación de una huerta es la siembra de comestibles, de las más rutilantes lechugas, coles, aunque también se cultiven maíces, tabacos y hasta cebada, que junto al trigo siempre fue el alimento. Las huertas nos dan de comer.

Para un niño tienen principio pero nunca tuvieron final, nunca pudieron ser del todo exploradas o conocidas; además, cambiaban tanto, según las estaciones, los modos, los cultivos, que su geografía bien pudiera estar habitada de duendes, o de las otras cosas que produce el silencio, sus pequeños bosques ocultados, sus zanjas y sus veredas, y el dulce canto de los riachuelos de riego, sus cercas y embarrados. También la luz del sol que altivo guiña, único y poderoso, que riega con sus invisibles rayos y se posa iluminando el dormitorio, entrando por los cristales de los postigos, llevando haces del microcosmos brillante, enfrente de la huerta del Barrio de Fígares, la de Antonio, la de su mujer Rosario y la de su hija Rosarico.


Trini la tísica

En estas prosas mías en vez de ser las viejas las que nos cuenten historias, como en cualquier cuento normal, es el cuentista el que habla de viejas, como si en Granada, su tierra, no hubiera muchachas guapas de las que hablar. Este es un cuento que fue verdad, siniestro, porque todo cuento ha de serlo, pero que sirve para entender los tiempos que hemos pasado alguna de las generaciones que todavía nos creemos jóvenes.

Había una vieja, si no la más vieja de todas, sí la que era más delgada y por consiguiente parecía la más vieja del barrio. No era del barrio, asistía por horas en casa de unos vecinos, ya no me acuerdo si su nombre era Trini, Pura o Angustias, delgada como un canuto, sus ojos eran vivaces, su sonrisa irónica y mordaz, sus palabras huesudas aunque moviera la lengua, menuda, vestía con grises discretos y usuales, sus risitas se acumulaban en breves risotadas que paraba con maestría e inteligencia. Se parecía mucho a una vieja que pregonaba en Granada botijos blancos, cantando "Pipos finooos de la Ramblaaa", pero Trini, así la llamaré, era más delgada todavía. Delgadez que le hacía sospechosa de tener tuberculosis. Los mayores nos decían, sin miramientos, que no tuviéramos trato con ella, que podía contagiarnos la enfermedad, que los tísicos eran seres tan malos que a veces escupían en los alimentos o en los pasamanos para contagiar a los niños. Los santos e inocentes niños llenos de salud y la vieja tuberculosa, malvada y criminal que los podía contagiar. Esa nube negra la acompañó siempre, la mirábamos con recelo, con miedo soportamos cualquier contacto. Yo entendía entonces que mis vecinos no debieran aprovecharse del trabajo de una mujer enferma. Aunque lo de la enfermedad pudo ser un cuento, un siniestro cuento de los mayores. También nos hablaban de los caramelos envenenados y del llamado hombre del saco, o sacamantecas, mucho más probable éste, pues eran los mayores los que creían entonces que las mantecas de los niños curaban la dichosa tisis. Ignorancia y temores nos acompañaron en la infancia. Además de las tardes oscuras de los truculentos otoños, con cuentos de muertos y apariciones, todo el velamen de las noches de difuntos, narrados por criadas y gentes de los pueblos, que nunca nos mintieron antes y nos llenaron luego de pavor a la oscuridad y a las casas solitarias, como la de la esquina, donde todos los chiquillos sabían los fantasmas corrían cadenas y hacían ruidos infernales...Para iluminar nuestras noches había en mi calle una sola bombilla, como las de mi cocina, en medio de la calle, sostenida por un hilillo eléctrico y enfrente la inmensa oscuridad de la huerta.


Concha la carbonera

Al final de la calle San Antón, la que viene de Puerta Real, enfrente del cine Aliatar, y llega al río Genil, había una antigua carbonería de una sola puerta, esquina a la Calle Ancha de la Virgen, frente a la Farmacia del Barrio de Fígares, cuya dueña era Concha. Concha la carbonera era pequeña, ya entrada en años, viuda y chispeante, su negocio no era sólo el carbón vegetal, también el fino chiscón para los braseros llenaba todo de polvo, ponía trazas irónicas en su cara limpia, sus cejas y comisuras de los labios, la frente, las manos, su ropa, el mostrador, las baldosas de los suelos, las hojas de la alta puerta, las paredes que nunca fueron blancas, incluso ensuciaba el amontonado carbón brillante y mineral, el carbón de piedra, suculencia de las cocinas llamadas económicas que ahora usan los restaurantes de Michelín. Soberana y señora, con su pelo rojo ensortijado, su tez blanca, su cuerpo regordete y sus carrillos morados como tomates, vendía también, en damanjuanas ocultas debajo del mostrador, vinillo que servía en chupitos y del que eran clientes habituales los viejos guardias civiles del Cuartel de la Calle de la Virgen, casi siempre vestidos de paisano, parcos en palabras y camaradas con ella en la afición al vino, que en todo tiempo y en todas las profesiones ha gustado echarse a los hombres maduros y solitarios.

Concha tenía el habla gutural y regordeta, sonaba corta y sin música, pero con entrega, de la manera más sincera y era persona que resultaba agradable y de chascarrillos, reía pronto y se agradecía que siempre estuviera sonriendo al menos. También tenía unas gallinas sueltas en la carbonería. Canturreaban, subiendo y bajando por los montones de carbón, buscando no sé qué excelencias oscuras, aunque deberían comer de todo. Eran pocas las gallinas, también tiznadas, habría algún gallo que yo nunca vi. La carbonería olía a ese tufo familiar que dan los animales que viven con las personas, sus tibiezas y deyecciones. Tufillo carbonero juntado al vinillo peleón. Mientras el conductor, a la altura de la carbonería, cambiaba en la calle el trole del tranvía amarillo, para retomar la dirección a Puerta Real, pues era su doble trayecto desde Puerta Real al Barrio de Fígares y vuelta.


El oficio de escritor es el peor pagado

Hay muchachos alegres y animosos, que pronto empiezan a trabajar, ya sea en el taller de su padre arreglando coches, subiéndose a los andamios como albañiles o plantando ramitas de lechugas en el lechugar. Pronto también ganan unos dinerillos, y se atusan la cabellera los domingos y lo gastan también animadamente, de modo que aunque sean pobres dan los billetes como si sobraran, con la misma generosidad que entregan su pasión a las bellas muchachas o conversan con sus amigos. Estos muchachos siempre hicieron bien las cosas, hasta cuando no las hacían para sus profesores si eran tercos en el aprendizaje de las letras o si jamás entendieron qué cosa era un algoritmo, por bien que la palabra termine en baile. Jugaban ruidosamente en los recreos, ya fuera en la plazoleta alta del Avemaría, frente al cabaret llamado "Rey Chico", por algún moro bajito, debajo de la Alhambra, sobre el hundido oro del río Darro, que en Granada tienen sueños hasta los ríos. O levantaba el polvo con los balones en las hazas de los Escolapios del río Genil, parando sólo para ver degollar a los cochinos, que había tiempos que no ocultaban tan cruel manera de acabar con la vida de estos animales sobre engordados y chillones a la mirada limpia de los niños. O estaban en el ancho patio de balonvolea del Insigne Colegio de Teológos y Juristas de la Abadía del Sacromonte, plazoleta montada del viejo edificio, enfrente de los montes de la Alhambra, sobre la lejana ciudad y con las cuevas de los gitanos a sus pies, también jugando, sin parar de jugar aplicados en su oficio de niños con toda devoción y sin tregua. O en el Carril del Picón, frente a la gran balsa donde nadaban los patos y gritaban las ocas de los Hermanos Maristas, frente a la pequeña capilla del Colegio. O en la misma Gran Vía del Triunfo, estrechamente, en el Instituo Padre Suárez jugaron y trabajaron luego.

Pero cuando a un mozo le da por escribir ya sabemos lo que pasa. Algunos lo hacen bien, muy bien, y tienen la suerte y los amigos de su parte, para ganarse la vida aunque acaben de directores de una editorial o de relaciones públicas de un instituto oficial de la palabra. Otros, menos, casi nunca del oficio, ganan premios escasísimos como los de la lotería y pueden seguir viviendo con obras cada vez más decadentes y tertulias radiofónicas donde se desdicen de su pasado. Pero los más de los menos, no viven de eso. Cuando un niño se para en los recreos y medita, cuando le ensimisma la belleza del paisaje o siente a la Naturaleza como algo suyo y amontona luego los vocablos y hace sus pinitos en la escritura, nunca verá un euro de este oficio. Porque no hay nada en este mundo peor pagado que la escritura. Es más, aunque el aficionado se esfuerce y trabaje a destajo los suyos lo tendrán por vago o por un filántropo.

 

 


Dedicatoria

Lleno con mi palabra el vacío que de ti tengo, el vacío que nos deja la belleza y los buenos tiempos contigo pasados, dejo que mi memoria hable y me cuente las mismas cosas que creo saber. Escribir es vivir con un deleite, es hablar con más precisión y cariño, es tenerte nuevamente, quedarme un poco más en esta vida y contarlo. Un hombre que busca estar solo tiene que escribir porque si no sería una mala persona.

Gracias, amigo-hermano: le leído algunos fragmentos. ¡Insuperables¡

Mi ser social me impele a difundirlos aún más. No sé cómo, pero todo llegará.

Las cosas de palacio van despacio.

Alfonso

 

 

 

 

 

 

 

 

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Estampilla hecha con técnica mixta sobre Elisir D´amore de Torres Morenilla (José María)

 

Poesía de Torres Morenilla

 

© De José María Torres Morenilla, prohibida la reproducción total, ni la parcial sin citar al autor