MOTIVOS

 

1970

 

 

José Mª Torres Morenilla

 

 

 

Más allá de aquellas palabras;

siempre más lejos, estás

altísima; blanca estás...

más lejos todavía que del sueño.

Aún más lejos...

 

 

Blanca de cal;

de ola deshecha,

de nieve y de fuego;

aún tranquilamente, azul, recoge

una briosa lluvia destruida y somete

entre sus fuertes piernas de amazona.

Sometido a su parque;

a la puerta de su casa;

al olor primaveral de su talle,

al ruido armonioso de su risa.

Sometido, novia mía,

blanca de mar espesa

por todos los rincones de mi alma...

 

 

Grácil tu cuerpo se desmelena

en carrera ascendente hacia el olimpo,

donde pondrán una corona de laurel en tu frente

que tu jadeante respiración hará brillar con el sol de los triunfadores.

Ahora fijas un punto de horizonte

allá donde el corazón se constriñe y se esponja,

mientras tus piernas se hacen viento

y la sed embebece tu boca.

 

Grácil corres, huyes, altivamente.

Mientras del cielo se desvanecen las estrellas

y un oleaje de murmullos te martillean opacamente.

 

 

Oh sí, parpadéame el mar,

aún, azul, estiradamente,

siento un reflejo marino,

que va secándose por dentro.

 

Tráenme rosas cristalinas,

piedras camufladas,

velas por los vientos embebecidas

por más que nubes semejan.

Para que pellizque en el agua-mar

y confundirme inútilmente.

Burdamente.

 

 

Ahora, ya ves, no.

precisamente ahora traigo más de todo.

Ahora el cielo es más bello.

Primavera es ahora.

Ahora mismo estuve triste.

Si podría ser: es ahora.

pero ya ves: no, ahora.

Ahora: esperar a que sea deshora.

 

 

Para asomarme al balcón y contemplar

oscuramente la siesta de los campos

en una primavera derruida;

o para ver cómo se achata el agua en un recodo

bajísimamente inspirado; mientras atiendo

las intemperancias del viento desecado,

allá partiéndose la cara con los chopos,

aquí neciamente tranquilo.

O para llevar una blanquísima flor en mi solapa

y creerme vestido de primavera.

Sin haber musitado amor hace mil años.

 

 

¿ Pequeña mía?

¿ Me llamaba tu vocecita?

¿ Desde dónde me llamas?

¿ Sigues? ¿Crees que no te he oído?

¿ Lloras? ¿ M e estás llorando?

¿ A mí, me lloras?

Oh mi pequeña estoy quedando en nada

por cada una de tus lagrimitas.

¡ No llores más o no llegaré a ti!

¡ No llores más que ya me acabo!

Qué cerca y qué lejos estoy de tus lagrimitas.

 

 

Tu insolencia ¡Bah!

sobre ella monto yo mis pocos años.

Tu vanidad ¡Osú!

quién dice mejores versos que los míos.

Tu belleza ¡Bueno!

¿ Hay algo más bello que la fealdad del varón?

Tu alegría ¡ Ya!

Me rebrotan primaveras en las cosquillas del corazón

Tu pureza ¡Ah!

Qué limpia estarás por siempre tras los cristales del alma.

Allá me observarás desde arriba.

 

 

Y yo salí a la calle,

y no por ti ni por nadie,

que sobre todos siempre habrá otro

descarriado y solamente solo.

Si no pudiera existir yo me quedo en casa,

cortándome las uñas, leyendo un libro

o llamando por teléfono a mi novia.

Pero está él, tan cerca de las cumbres siempre,

tan a la mano de Dios,

que enfilé mis versos y hacia él me fui.

 

 

Olvidada de ti, vestida de blanco,

caminas como viento. Aire

que trastorna la quietud del agua

en el lago, parejo al meneo de las hojas;

el pelo suelto va entre el sol;

dejado todo, suelto, sutil, apenas

más que aire sonriendo,

y un maravilloso perfume a ciudad enjardinada,

a prisas olvidadas

en las ondas del cabello

libre como tú misma. Bella.

 

 

Salpica la primavera en los montes

¿Te vestiste de rosa tan pronto?

Baila el viento en tus cabellos

y destella un beso del cielo sobre la tierra.

Azur. Mi alma se ha volado

¿Volverás pronto? A mirar por la derecha,

y mirar por la izquierda. Ausente y conmigo,

con nada. También he de besarte.

Salpicarás los pasos de sonrisas,

de tu alegre locura tan graciosa

 

Palpitas más adentro del alma,

escapándote tan despacito en pequeñas cosas;

tan levemente estás que casi no estás.

¡ No estás! Ni siquiera muerto...

No puedes estar todas las tardes a la misma hora;

ni ahora mismo.

Estás perdido, lejanamente.

¡ Oh que por dentro te siento!

Te siento ausente; oculto.

Gorgoteando inmortalmente tu palabra.

 

 

Fresa primera, agotada en la boca,

en una mañana de primavera espesamente brotada;

para un relente de arroyuelo purísimo,

cantarino, vagabundo imposible.

Resuena mi nombre, como una bofetada.

Espacioso, arranado, extendido de horizonte a horizonte.

Hirientemente despacio,

para un oscuro " Yo soy".

Mientras se agota aquella fresa

en infinitos cristales rosas,

de agua y lágrimas,

de profunda primavera descubierta.

 

 

Quise yo también cantar

en estos bosques donde el sol deposita sus trinos

y la primavera lava sus colores,

quise cantar recuerdos inmemoriales

con una voz que quiso ser inmortal.

Qué densamente me arrepiento de aquel canto,

Dios mío.

Con cuánta alegría volvería a ser la nada aquella.

Que por mucho empeño de todos

desgraciadamente está mi verso

más allá de la pluma, la mano y el corazón.

 

 

Cómo os alimentáis del pan que falta,

Puntualmente. Emperifolladamente. Cristianamente.

Y os vestís con las ropas que faltan

Ascéticamente. Orgullosamente. Elegantemente.

Cómo machacáis la carne humana

Legalmente. Neutralmente. Justamente

Cómo os llenáis de palabras que faltan

Estéticamente. Exactamente. Correctamente.

Cómo os pudrís a diario

Tradicionalmente. Liberalmente. Revolucionariamente.

 

 

Amarillo el papel, retorcido,

sobre una plasta fétida;

el sol cae tan bajo que se enraíza en la tierra,

se leen palabras sueltas,

cruzadas rápidamente por una lagartija.

Seco el que fue verde campo,

todo el monte es una calígine carroña.

En ello, un poeta busca su sombra.

Inútilmente, porque está ciego.

 

 

¿ Verdad que existe Dios allá en las cumbres?

Aún no puede haberse acabado del todo,

sobre la rosa, el silente sol, la sal, la soledad;

entre la tierra, el trigal, la tarde y el torrente.

En los campos, el pan, la canción y los caminos.

Bajo del agua, el cristal y desde la mar

Aún llueve Dios, levemente...

 

 

Valor para estos tiempos, lucha

en franquía solitaria. Oid las voces

de miles de gargantas enloquecidas.

Para un mismo alma errante entre tanto ruido.

Todo acabará algún día dichoso

en el que la victoria alzará la claridad

y abrirá ventanas y mostrará las flores hoy ocultas.

Valor, animaros de sombras y de silencios,

preparad las naves que han de lucir por siempre.

Masticáis vuestra propia tierra, escondidos

y os tapáis con las estrellas...

Tan pronto esas carnes están expuestas al fuego,

tan tempranamente os echan a la lucha,

que sólo os podéis vestir con ilusiones.

Pero despiertos, sonámbulos, escribid la historia

de vuestra menuda patria engrandecida

en la multiplicación de vuestra sangre.

 

 

Hay sangre y juventud,

rosas rojísimas en los parques,

un intachable sol de lleno

por todas las encaladas calles,

un cielo terriblemente limpio;

infinidad de incontenible agua alborotada;

mar y vino para saciar la sed de todos los tiempos;

alegría y corazón.

Hay en abundancia;

pero, sobre todo, un miedo de la lengua a las manos,

de la razón a la verdad,

de la justicia a la belleza.

Miedo de toro descornado

en una plaza de piel de toro.

 

 

 

Para un toro deambulado de arrogancia

no pueden ser cerradas las redondas puertas.

Va tras de sí, embiste noches,

indagador del viento le arremete

e hiere hasta sentir el cuajo de sangre en la pezuña.

prosigue, negro, embravecidamente

reta al sol, cruza,

va, solo, bufando muerte,

afilando sus cuernos entre las rocas,

libando miel de las piedras,

ahuyentando embestidas del agua.

Brilla su lomo, reluce espejos de fiereza

bien cruzados en su testuz retozona.

Babea, ¡Eh!, La boca bien cerrada.

¡Huá! Qué poco el grito para su enhiesto pelaje.

¡Je! Y levanta tierra oculta.

Un redondo en el aire, un salto

y todo el valle repite su bramido.

Ahí está solo, insuperable.

Unico, trastornado, noble.

Esperando su sueño de verónicas.

Retorcidamente espeso, oteando un enemigo

de vino amargo eterno

y la sangre tiñendo una línea ancha que va a la muerte.

Tendrá la boca abierta, los ojos tristes

y embestirá en la sombra de las mulas.

 

 

Niño arrodillado en la piedra

con las uñas raya un nombre sobre ella.

Niño incansable escribiendo

un solo nombre tan solo.

Te faltarán algún día tus propias manos

pero la piedra seguirá siendo piedra

que no tendrá tu nombre sino tu sangre.

 

 

Ah perfección, belleza, alma,

han de acusarte entre todo esto en que resaltas;

perseguir en tus ojos tan lúcidos,

para no verse a sí mismos,

para no verte.

Aún intentarán quemar la imagen de tu palabra en el viento

pero éste, bravamente, la encerrará por los siglos

tras un repentino amén, una cruz desbrazada y un beso.

 

 

Campanas de bronce brindan roncas y sordamente.

¡Callaos de una vez!

No veis la primavera renacida

asustarse de tan gravísimas llamadas;

trocaros pronto en cristal

y brillad mil nuevos soles,

arrolladla que desnuda

y avergonzada huirá

y a ninguna parte de la tierra.

 

 

Sobre estos paisajes acampaban

aquellos ejércitos de valientes hombres;

sobre los mismos acamparé mi ejército nuevamente,

para una victoria aún más grandiosa.

Si aquí hubo sangre hasta enrojecer la tierra

aquí habrá la densidad del humo que el cielo oscurezca;

si ellos defendieron sus cuatro tierras

nosotros las multiplicaremos, insaciablemente.

Y no nos bastaran los henchidos mares orientales

que nuestras armas se cubrirán del silente polvo de las estrellas.

 

 

No comprendo aún la tristeza en el corazón del hombre;

por qué las tardes tiemblan trágicas sacudidas por el viento;

ni la turbulencia del agua que arrebata en la impotencia;

no comprendo el llanto ni la tristeza

como necesaria sequedad en contraste siempre.

Allá donde el sol retuerce roca y polvo,

en donde el alma expande su vaciedad angustiosa;

donde terminan los términos

ojalá mi paupérrima voz alcance

una alegre estancia libertadora.

 

 

Aún antes que las palabras desdibujaran de mi boca muecas incorregibles;

de sentirme sin peso en mis pasos;

de atenerme a un viento ingrávido;

de socorrer mi pan tremendamente seco;

de atragantarme de mar y de cardos;

antes de vaciar la luna de las noches

siempre esperé,

aún después esperé.

 

 

Vosotros, que os salpicáis en hijos prontamente;

presurosos en brazos voluntarios;

sudorosos de pies a cabeza, de los ojos al sexo;

arracimados troncos siempre fértiles;

de blanquísimas camisas domingueras

y primarios cigarrillos ásperos;

madrugadores de sol y trasnochadores de besos;

prodigio de exaltada sangre en primavera:

sois la vívida poesía de las patrias.

 

 

Oblonga el agua; el lino de la tela

una espiral en el dedo espanta;

estrujados los racimos de la lluvia

cavadora del polvo y de las frentes.

Azafrán de horizonte esparcido

de oeste a este del alma,

por una violácea mar revolucionaria.

Cansaste pronto en el cristal del vaso

una adolescencia vidriosa de sacudidas íntimas.

Mantén si puedes tu frente enaltecida

y adelanta un prístino vino escanciado entre tus senos.

Pero vuelve sobre la misma hora entre las blancas sábanas del alba

a deshacerme universos entre tus piernas.

 

 

Mi río adolescente tan alegre era,

tan ingenuo de rosas y de rodeos;

esquivo cristal, solitario y fresco.

Tan sólo río de canto y amanecida.

Volviéronse sobre ti presurosos de tormentas,

por enturbiar las estrellas de tus entrañas;

hasta un inmenso paisaje de vaciedad.

Búscome en tu cauce malherido

por todos los recodos donde mi pez jugaba.

Búscote temeroso de perderte

de que neciamente te desagüen pronto;

y no vuelvas a henchirte por los montes,

impetuoso y veraz de risco en risco,

sosteniendo los índices de juncos

que muestran el destino de las aguas.

 

 

Hijo: naciste en el cero de la noche,

con el alba de las estrellas recién apagadas;

bello como la desgracia,

profundo niño arrancado al corazón de la tierra

oscurecida del alma en alma universal. Adentro

de la rosada aurora cansada.

Sin ninguna esperanza;

nacido porque así hubo de ser

hermoso, inmenso, extraordinario de niño

y nada.

 

 

Patrias levantadme nuevamente

de la tierra que cavo;

redimidme del sudor impuesto

en las cadenas del benceno;

limpiad nuestros cielos.

Huiremos los pueblos a los montes

y con rocas defenderemos la libertad de nuestros hijos,

la esperanza de un límite exacto,

afán clarividente de una redención segura.

 

Nacimos atropellados y libres siempre,

diariamente nacimos ilusionados.

Pero encorvaron nuestros torsos sobre el arado,

atenazaron nuestras manos en el volante del automóvil.

Nos hundieron en las entrañas de la tierra,

mientras correteaban -¡ graciosos!- por las cancillerías.

 

 

33

Mayo solanero amanecido prontamente

con las calles perfumadas de campo y de flores,

para una carroza enaltecida de un cuerpo de Cristo,

recorriendo las agujas de la solemne sencillez.

Los niños han traído sus vestidos más blancos

y el aire un murmullo de armoniosa humanidad.

Sonaron las campanas y embravecido el órgano

entonó majestuoso un ¡ Cristo Redentor!

 

 

 

fin

 

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INEFABLE ESENCIA